Por Marcos Fernández Solís
Jonathan Hernández: La Reforma tiene
muchas decenas de periódicos, pero ni un solo hombre
Galería La Caja Negra
La exposición del mexicano Jonathan
Hernández es un valiente e inteligente grito de guerra; en mi
opinión quita el mantel sin tirar los platos. Habla de algo que
todos sentimos, sobre todo últimamente, y nos ayuda a que además de
sentirlo lo pensemos también. Y lo mejor es que no nos lo dice él,
que se limita a recortar y a pegar lo que han hecho otros, con la
sana intención de que veamos mejor.
Hernández utiliza un sistema de
asociaciones visuales que, tocando nuestro inconsciente, hace surgir
la idea de una tramoya invisible a primera vista; así, hace
coincidir el perfil de las peñas del Garajonay quemado con las
curvas de la gráfica de la morosidad y a su vez con las manos
entrecruzadas de políticos, de gesto complaciente y blando. Nuestro
inconsciente, excitado por la curiosa y estética similitud, no puede
evitar empujarnos a pensar en grande y llevarnos lejos del contexto
cerrado de cada dato y noticia para advertir toda la dimensión del
desastre.
La abrumadora avalancha de información
que vivimos desorienta nuestras ideas; dándole la vuelta al cristal,
el artista descontextualiza las expresiones de sufrimiento, éxtasis
o tristeza del asesino Breivik, Rafael Nadal, Ángela Merkel, un
inmigrante ilegal, Joseph Blatter, Hanna Montana, un familiar de un
asesinado por ETA, Ronaldo el día de su retirada y un cantaor
flamenco, entre otros muchos, mostrándonos el gesto humano
compartido de todos ellos en sus situaciones tan diferentes, y vemos
así el mismo sufrimiento, el mismo éxtasis, la misma tristeza a los
que estamos tan acostumbrados, pero al verlos ahora a todos juntos,
separados de su noticia, no podemos evitar comparar las motivaciones
que le suponemos a cada personaje y reconocer el carnaval del
espectáculo en que se han convertido los medios. Aunque por otra
parte, si no supiéramos quién es nadie ni lo que pasa, la idea
podría ser muy humanizadora, igualitaria y new age. Pero lo
sabemos.
En definitiva, lo mejor de todo es que
no se puede decir que el artista sea aleccionador cuando sería tan
fácil serlo, es político y es crítico, pero lo único que está
haciendo es poner de relieve de forma original y efectiva la
irracionalidad de tantas cosas que se nos dan tan masticadas, tan
orientadas hacia un significado interesado, un día y otro y otro,
que acabamos viéndolas de la única forma en que pensamos que
podemos hacerlo; no solo nuestras ansias y nuestros modelos, también
nuestras preocupaciones deben ser las que se nos dicten, o parece que
así lo quieren unos hombres que al fin son hombres como nosotros
pero a los que Hernández pinta orgullosos y ridículos con esa
especie de bolas llenas de nada en las manos.
Hay también, en otra pared, dos
grandes tablones a modo de libro que desde lejos parece en blanco;
solo al acercarse y leer con esfuerzo sus líneas encontramos un poco de buena
voluntad y de futuro en la sala. Se nos invita a hacer el esfuerzo.
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