martes, 2 de octubre de 2012

Invitación


Por Marcos Fernández Solís

Jonathan Hernández: La Reforma tiene muchas decenas de periódicos, pero ni un solo hombre
Galería La Caja Negra


La exposición del mexicano Jonathan Hernández es un valiente e inteligente grito de guerra; en mi opinión quita el mantel sin tirar los platos. Habla de algo que todos sentimos, sobre todo últimamente, y nos ayuda a que además de sentirlo lo pensemos también. Y lo mejor es que no nos lo dice él, que se limita a recortar y a pegar lo que han hecho otros, con la sana intención de que veamos mejor.

Hernández utiliza un sistema de asociaciones visuales que, tocando nuestro inconsciente, hace surgir la idea de una tramoya invisible a primera vista; así, hace coincidir el perfil de las peñas del Garajonay quemado con las curvas de la gráfica de la morosidad y a su vez con las manos entrecruzadas de políticos, de gesto complaciente y blando. Nuestro inconsciente, excitado por la curiosa y estética similitud, no puede evitar empujarnos a pensar en grande y llevarnos lejos del contexto cerrado de cada dato y noticia para advertir toda la dimensión del desastre.

La abrumadora avalancha de información que vivimos desorienta nuestras ideas; dándole la vuelta al cristal, el artista descontextualiza las expresiones de sufrimiento, éxtasis o tristeza del asesino Breivik, Rafael Nadal, Ángela Merkel, un inmigrante ilegal, Joseph Blatter, Hanna Montana, un familiar de un asesinado por ETA, Ronaldo el día de su retirada y un cantaor flamenco, entre otros muchos, mostrándonos el gesto humano compartido de todos ellos en sus situaciones tan diferentes, y vemos así el mismo sufrimiento, el mismo éxtasis, la misma tristeza a los que estamos tan acostumbrados, pero al verlos ahora a todos juntos, separados de su noticia, no podemos evitar comparar las motivaciones que le suponemos a cada personaje y reconocer el carnaval del espectáculo en que se han convertido los medios. Aunque por otra parte, si no supiéramos quién es nadie ni lo que pasa, la idea podría ser muy humanizadora, igualitaria y new age. Pero lo sabemos.

En definitiva, lo mejor de todo es que no se puede decir que el artista sea aleccionador cuando sería tan fácil serlo, es político y es crítico, pero lo único que está haciendo es poner de relieve de forma original y efectiva la irracionalidad de tantas cosas que se nos dan tan masticadas, tan orientadas hacia un significado interesado, un día y otro y otro, que acabamos viéndolas de la única forma en que pensamos que podemos hacerlo; no solo nuestras ansias y nuestros modelos, también nuestras preocupaciones deben ser las que se nos dicten, o parece que así lo quieren unos hombres que al fin son hombres como nosotros pero a los que Hernández pinta orgullosos y ridículos con esa especie de bolas llenas de nada en las manos.

Hay también, en otra pared, dos grandes tablones a modo de libro que desde lejos parece en blanco; solo al acercarse y leer con esfuerzo sus líneas encontramos un poco de buena voluntad y de futuro en la sala. Se nos invita a hacer el esfuerzo.

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