Andrea Sanz Sáez.
La reforma tiene muchas decenas de periódicos, pero ni un solo hombre.
Jonathan Hernández. La Caja Negra.
Visitamos un portal madrileño: 17, segundo piso izquierda. No estamos ante un domicilio cualquiera del barrio de Chueca, nos encontramos en la galería La Caja Negra; dedicada principalmente a exponer obra gráfica, en este caso instantáneas.
Como fotógrafo de profesión, Jonathan Hernández presenta en su obra una serie de recortes de periódico de los últimos cuatro años, formando collages en su mayoría. La muestra va acompañada del libro Vulnerabilia (ver llover) 2008-2012, lo que aporta perpetuidad a la exposición, sin tener fecha de caducidad; igual de perennes son los temas (sociales, políticos y económicos) que trata.
Podríamos resumir la obra de Jonathan en una palabra: oportuna. Y es que el mejicano hace una crítica de la situación actual más allá de lo común y superficial. Nos transmite con total claridad lo que estamos viviendo en el ámbito internacional, y más específicamente en España.
El trabajo, basado en el texto de Henry David Thoreau, Desobediencia Civil, no nos presenta ninguna reseña, en principio, sobre cuál es el lugar, quiénes son los personajes, ni en qué momento se realizan las fotografías que aparecen en blanco y negro cual película de Humphrey Bogart. Aunque, en realidad sí, nos suenan sus caras, muchos rostros de actualidad que, por suerte o por desgracia, acostumbramos a ver en los medios de comunicación.
En primera instancia podemos observar semblantes de políticos en distintos tamaños; con grandes o pequeños círculos en blanco, dependiendo de la magnitud de su gesto, igual de considerables o de insignificantes que tendrán de veracidad sus propias palabras.
'Papel mojado', como uno de los títulos de Juan José Millás; palabras que no suenan a nada es lo que añaden estos políticos nuestros a la comida de cada día; y las páginas en blanco de los periódicos que retratan lo que los mandatarios quieren que oigamos de ellos; crítica que por supuesto también aparece en la obra de Hernández, mostrándonos gigantes paneles que a primera vista solucionarían todo.
Soluciones hostiles y embusteras que no tapan el daño realmente causado; nuestro fotógrafo capta una columna acribillada por las balas con unos ridículos parches, más visibles que cualquier otro resquicio, ¿intentando tapar el qué? ¿qué es lo que quieren que veamos o dejemos ver? Lo cierto es que somos nosotros mismos los que decidimos esto.
Rodeados como estamos de evidencias inadmisibles: enfrentamientos brutales entre población civil y fuerzas de seguridad, mentiras y engaños por parte de los que gobiernan (sociales, económicos, administrativos), avaricia por parte de los bancos y banqueros (que no bancarios) y cosas varias. Corrupción deontológica más que nada.
Al igual que en una de las piezas, se quema nuestro patrimonio y miramos impasibles la destrucción que las llamas provocan. Dejamos que se lleven por lo que un día lucharon, pero la pira sigue avanzando.
Aparecen entonces las consecuencias, consecuencias que podemos ver en las caras de un collage con recortes de periódico cual sea, caras que reflejan sentimientos ante las adversidades y alegrías; sentimientos de hombres, mujeres y niños, personas al fin y al cabo.
Decidimos nosotros por tanto si taparnos la cara con gesto de frustración, cerrar los ojos desinteresadamente o abrirlos desesperadamente. Abrirlos para ver.
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