Inanis Somnia
PROHIBIDOCANTARNOSINGINGJORDICOLOMER
OBRADIDÁCTICASOBRELAFUNDACIÓNDEUNACIUDADPARADISÍACA
Blanco. Así es ese primer camino que recorre una idea que promete ser grande. Sin manchas ni rasguños, limpio y puro, como el pasillo que nos conduce a Prohibido Cantar. No obstante, la inevitable sombra de la duda no tarda en llegar una vez el sedoso velo de la promesa cae destapándonos los ojos. En esa oscuridad atisbamos, desde el punto de vista de quien deslumbrado por la luz trata de ver en un espacio cerrado, la sombra de aquello que Brecht vislumbraba en su paradisíaca Mahagonny. ¿A caso no es el paraíso el anhelo de los hombres? ¿Acaso no es casi una necesidad primitiva el sentirnos rodeados de gozo, a pesar de lo difuminado que este pueda ser? Pero, ¿y ese paraíso? Puede que aquellos forajidos que, en la huida, quedaron atrapados en pleno desierto, lo encontraran en aquella ciudad dorada que creyeron fundar. ¿Y quién podría negarlo si así fuera?
Jordi Colomer emplea su polémica obra para denunciar una sociedad cuyos valores son tan áridos como la misma arena del páramo en él que rueda su creación. Eurofalete, o su idea y esencia, no es para Jordi menos insulsa que el casi histérico baile de una striper, ni tiene más sentido que la parsimonia y la pasividad con la que los hombres esperamos con una fijación animal a que ocurra aquello que creemos podría deleitar nuestros agrietados paladares aún sabiendo que nunca llegará. El paraje desértico, vacío, carente de animación, que observamos en sus videos podría ser un sarcástico reflejo de nuestra alma desaborida.
Colomer no precisa de algo llamativo y desorbitado para lograr su propósito. Una llamada de atención. O un mazazo en la cabeza, al gusto. No necesitamos un intelecto superior para sentirnos identificados con los inertes y raídos paños que son arrastrados sin voluntad por el viento. Jordi también percibe y refleja a su vez otra llamada de atención. La nuestra propia, que en el fondo sabemos que necesitamos un empujón para salir de este bache social. Esto queda encarnado en el absorto guitarrista que le dedica al desierto el preludio del inminente desastre precedido por esta decadencia.
Una elucubración posiblemente desacertada sobre el título de Colomer, Prohibido Cantar, podría ser la siguiente. El canto, a pesar de sus múltiples connotaciones, es uno de los medios más espontáneos y naturales para la transmisión del júbilo y la felicidad. En cuanto a esto podemos interpretar que cantar ante una situación como la que se presenta sería poco menos que una desfachatez. De ahí que el autor imponga la seriedad propia de un velatorio. De lo que tenemos nosotros que percatarnos es de que somos nosotros los protagonistas en ese velatorio. Por cruda que pueda resultarnos la realidad, es algo que está ahí, la inhalamos con cada respiración y se adhiere a nuestros huesos, y hemos de ser valientes y actuar antes de que nos corroa hasta las entrañas, consumiendo lo único que queda sin corromper de nosotros: el cuerpo, ya que nuestra trémula alma está perdida.
Leire Gambra Balsón.
Historia del Arte (110).
26 de Septiembre, 2012.
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