EL SILENCIO DE LOS CORDEROS, BY
COLOMER
por Estefanía Pinochet
Prohibido cantar/ No Singing - Jordi Colomer.
El
Matadero, Madrid.
No es
casualidad que ‘Prohibido cantar’ sea una obra site specific para El Matadero. Aunque restaurado y reciclado, el
antiguo espacio que albergaba las cámaras frigoríficas emana el perfume del
deterioro de los valores de la sociedad actual con una nostálgica pero
omnipresente alma gore que obliga a recordar que donde se exhibe la obra, una
vez colgaron reses. Alimento para las masas y anestesias sociales se funden en
un espacio atemporal donde Colomer hace su crítica a través de unas paredes
plasmadas con gritos enmudecidos y siete pantallas con sus correspondientes
proyectores.
‘Prohibido
cantar’ logra imprimir su mensaje a pesar del intencionado desorden al que se
ciñe. La inmensa sala se divide en tres secciones, como si de tres envoltorios
de celofán crujiente se tratase hasta llegar al dulce corazón del amargo
mensaje.
Se entra
en una negra y oscura sala vacía, mas no vacua, incitando al desorientado
visitante a acercarse a la intensa luz blanca de un pasillo entarimado.
Atractiva desde la oscuridad, la agresiva luz fluorescente no nos brinda
salvación; sino que genera intranquilidad y un sentimiento de asepsia
innecesaria guiándonos hacia El Dorado de la Ciudad de Eurofarlete. Una vez
allí queda rasgar el último envase.
Sin orden aparente, vemos a personajes unidimensionales intentando fundar una ciudad en el Desierto de los Monegros, castigado por el constante rey vendaval.
Sin orden aparente, vemos a personajes unidimensionales intentando fundar una ciudad en el Desierto de los Monegros, castigado por el constante rey vendaval.
Las
video-proyecciones están gobernadas por el caos, sin embargo es tan sólo una
ilusión. Subterfugio que nos distrae del hecho que no somos libres ni siquiera
de espíritu.
Colomer nos ilustra la inconsciencia de la que somos presos, narrando en mayúsculas cómo el arraigado complejo que tenemos como pueblo nos termina erosionando hasta dejar desnuda una médula de valores trastocados y ansias desbordantes de volver al estado de bienestar virtual pre-crisis a cualquier precio. Ya no somos fieles a nosotros mismos, no tenemos identidad, veneramos la visión cortoplacista y somos prisioneros del miedo. El Dios ladrillo se ha transformado en el Dios Eurovegas, perdón Eurofarlete.
Colomer nos ilustra la inconsciencia de la que somos presos, narrando en mayúsculas cómo el arraigado complejo que tenemos como pueblo nos termina erosionando hasta dejar desnuda una médula de valores trastocados y ansias desbordantes de volver al estado de bienestar virtual pre-crisis a cualquier precio. Ya no somos fieles a nosotros mismos, no tenemos identidad, veneramos la visión cortoplacista y somos prisioneros del miedo. El Dios ladrillo se ha transformado en el Dios Eurovegas, perdón Eurofarlete.
El
artista nos recuerda el título de su obra con una atractiva joven desnuda de
apetecibles y sedosas curvas que sujeta un cartel con las palabras “prohibido
cantar” y otros dos con las palabras “comer” y “amar”, éstos últimos con sus
respectivas traducciones al inglés. De acuerdo, seguiremos atiborrándonos de
comida basura para no acordarnos de sentir y ahogar el clamor interno, amaré lo
que me manden.
Sin
embargo, el protagonista es el soberano viento rigiendo a magos que no hacen
magia, música que no es escuchada, lonas de plástico y rebaños de ovejas.
Cual
cordero que va al matadero no sé si deseo ser consciente de la más que posible
profecía del declive inminente. Ver esta obra resulta desagradable, porque tal y
como nos contó la película ‘Matrix’, es muy cómodo vivir con velos y
ambientadores que disfrazan los aromas pútridos que nos rodean. Pero quizá
Colomer es nuestra particular Clarice queriendo salvarnos, a nosotros corderos,
mediante su obra.
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