El desierto
por
Marcos Fernández Solís
Jordi
Colomer: Prohibido cantar (Obra didáctica sobre la fundación de
una ciudad paradisíaca)
Abierto
x Obras, Matadero Madrid
En
estos tiempos de supuesta escasez, más para unos que para otros,
quizá sea difícil ilusionarse, o, por utilizar una expresión leída
en la exposición de Jordi Colomer, encontrar algo a lo que
agarrarse. Sin embargo acaban surgiendo siempre grandes promesas por
un lado o por otro, porque es en tiempos de crisis cuando los sueños
de utopía, si se cuentan bien y muchas veces, pueden convertirse en
religión; que le pregunten a Bertolt Brecht y a sus infructuosas
denuncias del nazismo y el capitalismo.
El
autor alemán parece una referencia obligada para hacer sátira del mundo de hoy, especialmente cuando los periódicos de verdad
publican historias como la de la Gran Scala aragonesa -que
Colomer toma como botón de muestra- o la del nuevo e inquietantísimo
EuroVegas, pasando por el aeropuerto vacío o por el monstruo
deforme del Cabo de Gata entre otros tantos proyectos paralizados,
que dejaron corta hace tiempo a su parodia hiperbólica de 1930,
Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny, la cual se cita
directamente y sobrevuela en general toda la instalación del artista
catalán.
Colomer
propone una serie de siete pantallas que muestran retazos
desordenados de imágenes y texto en una sala oscura. Vemos varios
planos fijos de Los Monegros donde al viento y al vacío del desierto
les intentan discutir el protagonismo un par de tipos de corbata y
una mujer de rojo con una furgoneta, a la manera de los fugitivos de
la obra de Brecht. En este caso, la ciudad que habrán de fundar, la
tal EuroFarlete, saca a primer plano de la escena todo el cutrerío y
la banalidad demente de los saqueadores, al desnudarlo del envoltorio
de neón que nos confunde en la realidad, contentándonos con cuatro
vigas de madera, unas sillas plegables, unos lugareños sin dotes
interpretativas, y una chica en tetas que vende comida y amor pero
prohíbe cantar.
Con
esta actitud cutre, desgarbada y económica que recuerda a la de
Pasolini en sus visiones de Sodoma y
Gomorra, pero con un mensaje que huye de matices, se
nos guía hacia una interpretación prácticamente unívoca y que, aunque
loable en su intención de despertar sentidos y conciencias, también
se nos hace un poco burda: el truco grotesco de los trileros, el
guitarrista ante las dos chonis o el rebaño de ovejas parecen
recursos poco elaborados y superpuestos para un mismo mensaje; y el
propio mensaje tampoco introduce una idea radicalmente novedosa
-aunque siga siendo necesario, no es nada nuevo hoy día denunciar nuestra
avaricia cortoplacista y estúpida, si acaso Colomer actualiza la
visión de Brecht con el espejismo mediático de nuestros días.
Quedan,
de todas formas, ironías laterales a la sátira central; no deja de
ser sugerente la imagen final y premonitoria de la arena arrastrada
por el viento sobre los restos del picnic abandonado. El
desierto sigue estando desierto y vuelve a cubrirlo todo, revelando a
este EuroFarlete como lo que es, una ciudad-fake de una
civilización-fake castigada y decadente que lucha por
sobrevivir aunque no lo merezca y por seguir construyendo monstruos
sin pensar en los cimientos ni en el futuro.
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