miércoles, 26 de septiembre de 2012

El desierto


El desierto

por Marcos Fernández Solís

Jordi Colomer: Prohibido cantar (Obra didáctica sobre la fundación de una ciudad paradisíaca)
Abierto x Obras, Matadero Madrid


En estos tiempos de supuesta escasez, más para unos que para otros, quizá sea difícil ilusionarse, o, por utilizar una expresión leída en la exposición de Jordi Colomer, encontrar algo a lo que agarrarse. Sin embargo acaban surgiendo siempre grandes promesas por un lado o por otro, porque es en tiempos de crisis cuando los sueños de utopía, si se cuentan bien y muchas veces, pueden convertirse en religión; que le pregunten a Bertolt Brecht y a sus infructuosas denuncias del nazismo y el capitalismo.

El autor alemán parece una referencia obligada para hacer sátira del mundo de hoy, especialmente cuando los periódicos de verdad publican historias como la de la Gran Scala aragonesa -que Colomer toma como botón de muestra- o la del nuevo e inquietantísimo EuroVegas, pasando por el aeropuerto vacío o por el monstruo deforme del Cabo de Gata entre otros tantos proyectos paralizados, que dejaron corta hace tiempo a su parodia hiperbólica de 1930, Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny, la cual se cita directamente y sobrevuela en general toda la instalación del artista catalán.

Colomer propone una serie de siete pantallas que muestran retazos desordenados de imágenes y texto en una sala oscura. Vemos varios planos fijos de Los Monegros donde al viento y al vacío del desierto les intentan discutir el protagonismo un par de tipos de corbata y una mujer de rojo con una furgoneta, a la manera de los fugitivos de la obra de Brecht. En este caso, la ciudad que habrán de fundar, la tal EuroFarlete, saca a primer plano de la escena todo el cutrerío y la banalidad demente de los saqueadores, al desnudarlo del envoltorio de neón que nos confunde en la realidad, contentándonos con cuatro vigas de madera, unas sillas plegables, unos lugareños sin dotes interpretativas, y una chica en tetas que vende comida y amor pero prohíbe cantar.

Con esta actitud cutre, desgarbada y económica que recuerda a la de Pasolini en sus visiones de Sodoma y Gomorra, pero con un mensaje que huye de matices, se nos guía hacia una interpretación prácticamente unívoca y que, aunque loable en su intención de despertar sentidos y conciencias, también se nos hace un poco burda: el truco grotesco de los trileros, el guitarrista ante las dos chonis o el rebaño de ovejas parecen recursos poco elaborados y superpuestos para un mismo mensaje; y el propio mensaje tampoco introduce una idea radicalmente novedosa -aunque siga siendo necesario, no es nada nuevo hoy día denunciar nuestra avaricia cortoplacista y estúpida, si acaso Colomer actualiza la visión de Brecht con el espejismo mediático de nuestros días.

Quedan, de todas formas, ironías laterales a la sátira central; no deja de ser sugerente la imagen final y premonitoria de la arena arrastrada por el viento sobre los restos del picnic abandonado. El desierto sigue estando desierto y vuelve a cubrirlo todo, revelando a este EuroFarlete como lo que es, una ciudad-fake de una civilización-fake castigada y decadente que lucha por sobrevivir aunque no lo merezca y por seguir construyendo monstruos sin pensar en los cimientos ni en el futuro.

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