Cristina Salcedo Solís
El arte carece de toda lógica, el arte es desorden y
expresión libre, de libertad. La predisposición y la ruptura de toda barrera
moral que impulsa a la clasificación formal y técnica del arte
"lógico" como tal son los requisitos necesarios para entender. Entender
lo que el artista hoy internacional nacido en Barcelona Jordi Colomer nos
quiere decir.
No es casualidad la mención del desorden, éste caracteriza
en gran parte la obra que nos ocupa. Tampoco es esta desorganización obra del
azar. Puede que Prohibido cantar/No Singing, conjunto de proyecciones anárquicas,
sin estructura establecida, convertidas en, cuanto menos, una curiosa
exposición, se nos antoje extraña y, a priori y sin el examen y observación
íntimamente conexos y necesarios a la hora de analizar el arte, carente de
sentido. Pero vayamos más allá. Para entender la controversia que suscita el
autor es necesario liberarse del lastre que supone el prejuicio hacia lo
desconocido.
Desconocido o mejor dicho, inexistente. Inefectivo, como derivaron los complejos cuyo proyecto quería dar como resultado la ansiada y engañosa producción
pecuniaria masiva. Proyecto que cristaliza en desilusión y sueño inconcluso. Hablamos
de estas aspiraciones y promesas de ciudades paradisíacas, inacabadas, ni tan siquiera
comenzadas, que se quedaron en puñados de arena. Eurofarlete, sombra de Gran
Escala. Asunto que sitúa la mosca detrás de la oreja del artista,
que realiza una crítica social con trasfondo didáctico en base a ello y a la
popular Mahagonny del alemán Bertolt Brecht. Crítica que ya auguran los
pasillos del matadero de Madrid, que te guían a la habitación central donde se
exponen la serie de videos, que adquieren
un protagonismo poco casual gracias a la ambientación de la sala,
carente de cualquier aderezo u ornamento. En ellos se narra sin aparente
preocupación por el orden la historia de quienes imaginan y emprenden, o
intentan emprender la campaña de ni más ni menos que el paso de la nada al
todo. Del desierto árido a las muchedumbres expectantes sedientas de más.
Fracaso estrepitoso el suyo.
“Os será más fácil sacarles el dinero a los hombres que a
los ríos”.
Ésta es la expresión firme de la vulnerabilidad del hombre
ante el propio hombre, del engaño al que éste se somete sin escudo aparente.
Casi todos los cortometrajes se desarrollan sin alteración
alguna, empero, Jordi Colomer ha sabido encontrar cabida para el espectáculo el reclamo y la distracción, tan presentes en el proyecto de ciudad que castiga, con su consiguiente extirpación del raciocinio característico humano. ¿Qué
mejor reclamo que el cuerpo desnudo de una llamativa fémina ofertando amor y
comida, pero que prohíbe con ímpetu el don de la dicción? Está prohibido el
derecho fundamental, primario e inalienable desde hace ya décadas: expresarte
con libertad y sin miedo. Manifestar tus opiniones, a favor, o en contra. Eso
resultaría peligroso.
La obra quiere representar y plantear una sutil diatriba
acerca de lo que en su día fue el intento de fundación de una nueva ciudad
destinada a la atracción de masas y el juego.
Prohibido cantar y su Eurofarlete son la permisividad del
ser humano. Son una lección y un “no caigáis de nuevo”.
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