martes, 25 de septiembre de 2012

El fruto de la codicia

Jordi Colomer. "Prohibido Cantar/No singing"

Cristina Salcedo Solís



El arte carece de toda lógica, el arte es desorden y expresión libre, de libertad. La predisposición y la ruptura de toda barrera moral que impulsa a la clasificación formal y técnica del arte "lógico" como tal son los requisitos necesarios para entender. Entender lo que el artista hoy internacional nacido en Barcelona Jordi Colomer nos quiere decir.

No es casualidad la mención del desorden, éste caracteriza en gran parte la obra que nos ocupa. Tampoco es esta desorganización obra del azar. Puede que Prohibido cantar/No Singing, conjunto de proyecciones anárquicas, sin estructura establecida, convertidas en, cuanto menos, una curiosa exposición, se nos antoje extraña y, a priori y sin el examen y observación íntimamente conexos y necesarios a la hora de analizar el arte, carente de sentido. Pero vayamos más allá. Para entender la controversia que suscita el autor es necesario liberarse del lastre que supone el prejuicio hacia lo desconocido.
Desconocido o mejor dicho, inexistente. Inefectivo, como derivaron los complejos cuyo proyecto quería dar como resultado la ansiada y engañosa producción pecuniaria masiva. Proyecto que cristaliza en desilusión y sueño inconcluso. Hablamos de estas aspiraciones y promesas de ciudades paradisíacas, inacabadas, ni tan siquiera comenzadas, que se quedaron en puñados de arena. Eurofarlete, sombra de Gran Escala. Asunto que sitúa la mosca detrás de la oreja del artista, que realiza una crítica social con trasfondo didáctico en base a ello y a la popular Mahagonny del alemán Bertolt Brecht. Crítica que ya auguran los pasillos del matadero de Madrid, que te guían a la habitación central donde se exponen la serie de videos, que adquieren  un protagonismo poco casual gracias a la ambientación de la sala, carente de cualquier aderezo u ornamento. En ellos se narra sin aparente preocupación por el orden la historia de quienes imaginan y emprenden, o intentan emprender la campaña de ni más ni menos que el paso de la nada al todo. Del desierto árido a las muchedumbres expectantes sedientas de más. Fracaso estrepitoso el suyo.

“Os será más fácil sacarles el dinero a los hombres que a los ríos”.
Ésta es la expresión firme de la vulnerabilidad del hombre ante el propio hombre, del engaño al que éste se somete sin escudo aparente.
Casi todos los cortometrajes se desarrollan sin alteración alguna, empero, Jordi Colomer ha sabido encontrar cabida para el espectáculo el reclamo y la distracción, tan presentes en el proyecto de ciudad que castiga, con su consiguiente extirpación del raciocinio característico humano. ¿Qué mejor reclamo que el cuerpo desnudo de una llamativa fémina ofertando amor y comida, pero que prohíbe con ímpetu el don de la dicción? Está prohibido el derecho fundamental, primario e inalienable desde hace ya décadas: expresarte con libertad y sin miedo. Manifestar tus opiniones, a favor, o en contra. Eso resultaría peligroso.

La obra quiere representar y plantear una sutil diatriba acerca de lo que en su día fue el intento de fundación de una nueva ciudad destinada a la atracción de masas y el juego.
Prohibido cantar y su Eurofarlete son la permisividad del ser humano. Son una lección y un “no caigáis de nuevo”.

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